Desde hace ya algún tiempo el término “pensamiento único” es utilizado con normalidad en las reflexiones que hacemos sobre la situación de nuestros días. La escasez de opiniones divergentes, el monopolio de una visión del mundo única, monolítica, sin posibilidad de matices, instalada en la posesión de la Verdad Absoluta y refractaria a todo tipo de opinión distinta, parece que se haya hecho fuerte, instalándose en todos los órdenes de la sociedad actual.
Y nuestro país es quizá uno de los máximos exponentes de esta forma de vida. Aquí no hay matices, todo se reduce a un maniqueismo absoluto, en el no caben posiciones intermedias. Se está en una posición -obviamente la correcta, donde están “los nuestros”- o se encuentra en el polo opuesto, el cual también resulta que es absoluta y totalmente certero, sin posibilidad de fallo. Conmigo o contra mí. Los buenos contra los malos. Nosotros estamos en lo cierto, ellos no.
A esto hay que sumar nuestro consabido carácter cainita, lo cual suma al maniqueismo, la crueldad, y en casos extremos, el odio hacia nuestro “enemigo” -recuerden, aquí no hay adversarios, quien piense algo que no encaja en el ideario se convierte automáticamente en disidente y, por lo tanto, en un enemigo hacia el que se vierten envenenados dardos, se abjura de él y se le niegan todos los méritos que pueda tener. En definitiva, se le reifica.
Parece que pensar, reflexionar por uno mismo, ver el mundo y sus circunstancias desde un prisma distinto, tener opiniones propias, no asumir acríticamente un ideario, esté mal visto, resulte incómodo. Pero les digo una cosa: es más saludable. Nos iría muchísimo mejor como personas y como país si nos esforzáramos un poco en practicar la empatía. Dejaríamos de echar tanta bilis verbal y nuestras relaciones -de todo tipo- serían más sanas.
Yo no pierdo la esperanza, llámenme iluso, pero creo que si lo intentamos a diario podemos conseguirlo. Pero claro, luego tiro de refranero y me sale aquello de “No hay peor ciego que el que no quiere ver”.
